El titular no sólo evoca el verso del salmo que daba nombre al programa –“Lighten mine eies”, esto es, “Ilumina mis ojos”–, sino que resume con bastante precisión el efecto que produjo el concierto del ensemble Près de votre oreille en el Espacio Turina. El conjunto francés llegaba para presentar su reciente grabación (la primera para la multinacional Harmonia Mundi) con este mismo título y programa, y terminó ofreciendo una lección de refinamiento, imaginación tímbrica y expresividad por completo deslumbrantes. El grupo que dirige Robin Pharo pertenece ya sin reservas a esa generación de conjuntos franceses que encabezan la interpretación historicista en toda Europa, con un estilo apoyado en la claridad de concepto, el cuidado de la puesta en escena, la elegancia y el virtuosismo interpretativo y una atención casi microscópica al relieve retórico de la música.

Desde el inicio quedó claro que no se trataba de una velada convencional. Music, the master of thy art is dead, una elegía en recuerdo del músico John Tomkins (no confundir con su medio hermano, el célebre Thomas Tomkins) sonó desde el balcón del teatro, con las voces suspendidas sobre la sala como una invocación lejana. La timbrada profundidad del bajo Alex Rosen y la delicadeza de Maïlys de Villoutreys y Fiona McGown –quizá algo próximas entre sí en color, pero perfectamente empastadas– marcaron ya desde el principio la intensidad de la velada: 63 minutos sin paradas extemporáneas, sin aplausos, sin necesidad de afinar ningún instrumento, una hora de concentración en la profundidad y la belleza de una música extraordinaria.

El refinamiento exquisito de William Lawes, subrayado por su tratamiento de la disonancia no como mero accidente armónico sino como verdadero instrumento retórico, facilitó la concentración. También lo hizo, por supuesto, la proyección de los textos con sus traducciones, algo –no me canso de repetir– fundamental en cualquier obra musical con texto. En How long wilt thou forget me, O Lord? o en Ne irascaris las tensiones cromáticas se estiraron con un dramatismo que el conjunto mantuvo alejado de cualquier énfasis innecesario. Plegaria, pero también teatro. La acústica de la sala realzó ese relieve, permitiendo una perfecta claridad de los planos sonoros y haciendo posible un tratamiento muy variado del color, gracias a la combinación siempre sugerente de las posibilidades tímbricas del grupo.

Los Harp Consorts ofrecieron otra perspectiva sobre la grandeza –aún insuficientemente reconocida– de William Lawes, músico predilecto de Carlos I, caído en el sitio de Chester mientras defendía a su rey del avance puritano. Rara vez se percibe con tanta nitidez la originalidad de estas piezas: la combinación del arpa con el violín, la viola da gamba y la tiorba tiene algo de laboratorio sonoro del XVII, y Près de votre oreille supo explorar ese territorio sin convertir la rareza en artificio ni caer en rigideces doctrinales. Resultó evidente, por ejemplo, que la tiorba asume en esencia la función de bajo, razón por la cual en algunos momentos se incorporó también el clave. La elegancia de las pavanas, la intensidad expresiva de una zarabanda o la ligereza de una correnta permitieron a la arpista Pernelle Marzorati desplegar un sonido de pureza luminosa y a la violinista Fiona-Émilie Poupardrevelarse como una intérprete ideal para el estilo disminuido del XVII: su flexibilidad, su manera de ornamentar y su capacidad para hacer respirar cada línea dieron a estas danzas una vitalidad que parecía surgir directamente del gesto coreográfico de la época.

Los cambios de instrumentación y de texturas estuvieron siempre articulados con excelente criterio, capaces tanto de sostener un acompañamiento de auténtica hondura dramática como de abrir espacio a breves intervenciones solísticas. Así ocurrió con el clavecinista Loris Barrucand en su versión instrumental de My God, my rock, que desnudó la arquitectura interna del salmo con una sobriedad ejemplar. Igual de discretos, en el mejor sentido del término, Simon Waddell desde la tiorba y el propio Robin Pharocon las violas, ofreciendo un sostén cálido, un colchón armónico imprescindible para sus compañeros.

El grupo jugó además con los espacios del teatro en las dos canciones profanas. Fiona McGown inició Whiles I this standing lake desde el patio de butacas, convirtiendo el lamento en una suerte de pálpito compartido por la cercanía al público (otra vez muy escaso, ¡ay, ay!). Y al final, Maïlys de Villoutreys retomó esa idea comenzando también desde el fondo de la sala O my Clarissa , una maravillosa canción de amor, con un tono casi de melancólica balada popular, que puso fin al recital en un morendo extasiante mientras la luz se extinguía en escena. Fue, en conjunto, una lectura de William Lawes profundamente coherente, atenta al carácter experimental del compositor y capaz de iluminar –como sugería el título– cada pliegue del texto y de la música con una expresividad ardiente y comunicativa.

En apenas una semana, el Espacio Turina ha acogido el paso impresionante del Cuarteto Diotima sentando cátedra de Beethoven a Boulez, la siempre atractiva aparición de los jovencitos de la JOBS en el Otoño Barroco, el homenaje emotivo e impecable de Zahir Ensemble a los 40 años de Alberto Carretero, unas Goldberg deslumbrantes del Cuarteto Ardeo y, ahora, este recital inolvidable consagrado a la música de William Lawes. Y lo que viene… Cuesta encontrar palabras para calificar el trato desdeñoso que la sala recibe del Ayuntamiento de la ciudad.

Texto: Pablo J. Vayón

Foto: Micaela Galván

 

https://www.diariodesevilla.es/ocio/pres-votre-oreille-lawes-critica_0_2005237894.html

 

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